«Ni eran tres, ni eran Magos» por Manuel Palazón

En el Evangelio de San Mateo ya se habla de unos reyes que venían de Oriente, siguiendo una estrella, y llegarían al pesebre de Belén donde había nacido Jesús. Los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar vinieron después (en la Edad Media). Y la tradición de dejar juguetes a los niños se remonta tan solo al siglo XIX.

Lo cierto es que no eran reyes, ni magos, ni siquiera poderosos, sino astrólogos, que leían en las estrellas el porvenir. Tampoco se dice, en un principio, que fueran tres; eso sí, venían en camellos, y uno de los magos era negro. Al Niño le ofrecieron oro (el metal de los reyes), incienso (ofrenda de los dioses) y mirra (una sustancia resinosa que ayuda a cicatrizar las heridas y perfumar los cuerpos, habida cuenta de que treinta años más tarde, Jesús sería crucificado).

El paje real recoge las cartas de los niños unos días antes con sus peticiones, a veces prolijas y casi imposibles; pero eso poco importa, ya que los reyes magos adivinan los deseos de los pequeños. Y sobrevienen las majestuosas cabalgatas; dicen que la más antigua es la de Alcoy. El dejar los zapatos la noche anterior es otra leyenda: unos niños vieron que Jesús iba descalzo, limpiaron a fondo sus propios zapatos y los dejaron en la ventana: el milagro fue que su buena intención se vio recompensada con multitud  de regalos. También dice que cuando algún niño se ha portado mal o no ha estudiado bastante, recibe carbón (en realidad, un terrón de azúcar); no hay que creer en eso: ningún niño se porta mal intencionadamente, por lo cual no merecerá el dicho carbón, sino juguetes. Ah otra cosa: la tradición manda dejar agua y pan para los camellos y algún dulce o mistela para los cansados magos; no lo olvidemos.

Manuel Palazón