«Jubilados» por Manuel Palazón

Me refiero a las personas, sobre todo hombres –son con los que tengo más trato- comprendidas en una franja de 70 a 85 años. Unos se pasan la vida observando las obras en la vía pública, sentados en un banco o dando un breve paseo. Otros se dedican a sus aficiones, como la pesca, la lectura, la fotografía.

También los hay que se encargan de sus nietos: los llevan al colegio, y los recogen, y los mantienen en su hogar mientras los papás están trabajando. Por último, un porcentaje (no sabría de cuánto) están incapacitados, en sillas de ruedas o con alguna grave  enfermedad. En un cincuenta por ciento, he observado que, sin padecer Altzeimer, ni Parkinson ni demencia senil, los mayores se despistan de diferentes maneras: los hay que apuntan las cosas en unas agenda y después no la miran; los hay que se fían de su memoria y la memoria les falla; no faltan aquellos que prometen algo, como puede ser una cita, y se les olvida o llegan tarde.

Todo es excusable; bastante puntualidad y formalidad han tenido en sus años de vida laboral. Lo que pasa es algunos despistes pueden ser fatales (accidentes domésticos o no mirar al cruzar un paso de peatones). Menos grave es cuando no reconocen a un amigo, se equivocan de carretera cuando conducen o abandonan su atuendo personal). En resumen, debemos tener cierta consideración con las personas mayores, desde los particulares (tratarlos con educación y benevolencia) hasta los organismos oficiales, con centros de día, talleres ocupacionales y mucho cariño. Por cierto, se habla mucho de educación, aulas infantiles y guarderías, pero, ¿qué pasa con las residencias geriátricas y centros de día? No hay suficientes para todos o son muy caras (las privadas).

No olvidemos de que la población es cada vez en más vieja. Menos mal que muchos ancianos viven con sus hijos hasta sus últimos días… Y no digo más.

Manuel Palazón