La imagen de un Congreso de los Diputados partido por la mitad a propósito de la nueva ley de educación es, sencillamente, el peor de los escenarios posibles. La prueba de que el esfuerzo no ha merecido ni siquiera un suficiente, la constatación de que quienes debían hacer su trabajo han preferido quedarse con el aplauso fácil de los suyos, salir vencedores en la guerra de tuits a la que se reduce la práctica política de algunos, más o menos justo eso que cualquier buen maestro llamaría en su clase todo-un-mal-ejemplo, un experimento fracasado. Un suspenso en toda regla sin septiembre que lo arregle.

¿Tenemos que acostumbrarnos a que en este país cada nuevo gobierno fabrique su propia ley de Educación para contentar a su clientela más irredenta? Porque de eso se trata, ¿no?, de contentar a la parroquia. Cabría interrogarse también si estamos genéticamente incapacitados para abrir un debate sereno, pausado, libre de ataduras morales y prejuicios ideológicos, sobre los temas que importan en la educación (garantía real de igualdad de oportunidades, herramienta que aseguren el ascensor y la cohesión social…) y, una y otra vez, vamos a seguir discutiendo, peleándonos, por las cosas que importan solo a unos pocos en su negociado particular para seguir imponiendo su ideario más irredento, sea este religioso, lingüístico o económico.

Ver como unos (PP, Vox, Ciudadanos) gritaban como hooligans enfervorecidos ¡libertad! ¡libertad! (¿qué libertad? ¿no serán privilegios?) y otros –muchos de todos los demás– aplaudían a rabiar para acallar el ruido de la otra parte de la bancada (¿en verdad, piénselo fríamente, había algo que celebrar? ¿algo que aplaudir?), es todo un síntoma de que la nueva ley de educación lleva la palabra muerte escrita en su rostro, en sus artículos y en sus disposiciones. Y que, claramente, tiene fecha de caducidad en su envoltorio, como tantas veces se ha dicho estos días. Que se llame ley Celaá, como la anterior se llamó ley Wert, es el peor escenario de todos los posibles. Otro tiempo y otro esfuerzo baldío. Otra –y van ocho– oportunidad perdida.

Fuente: Concejo Educativo–Movimiento de Renovación Pedagógica de Castilla y León.

A veces, para avanzar, no importa cuán larga sea la zancada que se da, sino cuán seguro y fortificado queda el camino que dejas atrás, y parece claro que a quienes han impulsado esta ley solo les ha importado hacer creer que avanzaban mucho y muy rápido. El anunciado boicot por parte de las comunidades donde gobierna el PP a base de normas y decretos que, a buen seguro, acabará ahogándola, ya deja claro que la norma tiene pocas posibilidades de significar un cambio en el statu quo actual. Y que el griterío de los que se oponen es solo eso, ruido a beneficio de inventario.

Quizás, para anticipar cualquier futuro avance, podríamos empezar por preguntarnos qué tiene el área de la educación que no tengan parcelas como sanidad, hacienda, defensa o justicia, por citar algunos ejemplos, donde sí ha sido posible legislar y establecer unos consensos básicos a partir de los cuales los cambios no suponen una enmienda a la totalidad de todo lo anterior. Quizás, solo quizás, se podría empezar a construir el nuevo edificio respondiendo (y acordando) esta sencilla pregunta.

Ángel Gabilondo –exministro de Educación con José Luis Rodríguez Zapatero– estuvo cerca de lograr el milagro en 2010. A pesar de su inmenso trabajo, su gran capacidad para el acuerdo, este pacto nacional por la educación no fue finalmente posible porque el PP olió que estaba cerca de volver al poder, se retractó de lo previamente acordado y pactado, y prefirió claramente imponer de nuevo su ideario más rancio y tramontano. Y, claro, pedir a Celaá que imitara a Gabilondo era, quizás, pedir demasiado. Ni Celaá es Gabilondo ni éstos son tiempos para bailar el vals.   

Isabel Celaá compareciendo ante la Comisión de Educación y FP del Congreso, febrero de 2020 (Fuente: Sala de Prensa del Gobierno de España).

La tentación a uno y otro lado por imponer este mismo ideario, sea este meramente religioso (¿religión o religiones? ¿dentro o fuera del horario escolar? ¿debe evaluarse la religión?), lingüístico (¿qué idioma/s está/n presente/s dentro del aula? ¿por qué no entender de una vez que los idiomas (todos) tienen y deben ser sumativos?), o economicista (¿qué debe prevalecer en los programas, valores o economía, como si la buena economía pudiera entenderse sin valores?), acaba contaminándolo todo.

Todo esto es, seguramente, por no entender que para muchas de sus señorías la educación no es más que una parte menor de una gran partida de ajedrez. Solo una pieza más en el tablero del poder donde ellos son los reyes (y las reinas) y la mayoría de todos los demás, especialmente los peones, solo están para su sola gloria y servicio. Para defender sus posiciones y privilegios de clase.

Pepe López desde la Hoja del Lunes