Pepe López

No resulta difícil observar que cada vez triunfan más los mensajes que enfrentan, que dividen, que separan. De uno u otro lado nos fuerzan a elegir, a vivir en la neurosis permanente de la obligada dualidad. Como si esa elección nos fuese a provocar la paz y el sosiego tan necesarios. Hombres contra mujeres. Negros contra blancos. Inmigrantes contra nativos. Esos son los mensajes que ocupan el centro del escenario. Una de estas batallas es económica y es generacional. Trataría de enfrentar a los jóvenes contra los viejos, y dos de sus protagonistas principales son, curiosamente, miembros de un mismo gobierno: José Luis Escrivá y Yolanda Díaz.

Llevamos siglos vigilados por unos dioses monoteístas que premian lo bueno y castigan lo malo. Como si ambos comportamientos humanos fueran compartimentos estancos, como si existiera un mal absoluto, como si la bondad no tuviera su lado oscuro. El prestigioso diario norteamericano The New York Times acaba de publicar un estudio en donde concluye que el 80% de los personajes más poderosos de EE. UU. son de raza blanca. Curiosamente el rotativo incluye entre los blancos a personajes de origen árabe o judío y excluye a otros relevantes políticos o empresarios de ascendencia hispana o ibérica. ¿Era necesario? ¿Qué aporta? ¿Qué hay detrás de este estudio?

En este sentido siempre me ha llamado la atención quienes interpretan la realidad basada en estos dilemas conceptuales tan básicos, en este perpetuo blanco y negro, renegando de los matices, de los grises, marginando a quienes piensan que una condena o una absolución judicial no es la verdad, sino solo una interpretación de esa misma realidad. Incapaces de escuchar, de avanzar, de transigir, prefieren, con pereza intelectual rayana en la ramplonería y el simplismo, el nosotros y el ellos, como si cada uno de nosotros no fuéramos también parte del ellos.

Artículo de Liani Jones en www.longevitynetwork.org (Fuente: Pinterest).

Son gentes que muchas veces, además, quieren hacernos creer que la política y la economía, y la sociología humana por extensión, funcionan con estos mismos arquetipos, con estos mismos espejos enfrentados, y que por tanto se comportarían como nos enseñaron las leyes de la física –la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma– dejando de lado la capacidad de crear de la nada tan propia del ser humano. La xenofobia triunfa en amplios sectores populares porque sería en cierto modo solo eso, pura física: los inmigrantes vienen a quitarnos los puestos de trabajo a los nativos, de modo que si impedimos que lleguen a nuestro país, habrá trabajo para todos. ¿Son así de fáciles las cosas? Ciertamente parece que no lo son, pero así parece funcionan.

La historia nos demuestra lo venenoso y lo peligroso de este mensaje de dos caras entre el ellos y el nosotros, esa mentalidad que está detrás de muchas de las guerras, de los conflictos y las matanzas que nos rodean. Donald Trump lo sabe y lo utiliza hasta la náusea cuando a su manera apoya a los policías que asesinan a negros en plena calle; el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, vive de todo eso, y sin eso no sería nada. Aquí Vox lo explota hasta la indecencia contra las mujeres que se declaran feministas, contra los inmigrantes, contra los independentistas, contra todos los que no son como ellos. Primero se crea el marco mental y luego se dice quién está fuera y quién dentro para estigmatizar. Y, de paso, justificar lo que pueda pasar. Siempre es lo mismo.

Dice el ministro José Luis Escrivá que para cuadrar las cuentas de la Seguridad Social el Gobierno español está estudiando la posibilidad de incentivar económicamente la prolongación de la vida laboral a través de dos medidas: una, penalizando aún más de lo que ya está la jubilación anticipada; y otra, incentivando económicamente que aquellos que quieran, y puedan, sigan trabajando. Y cotizando, claro. Pero sucede que casi la única y lamentable respuesta que han encontrado sus palabras han sido en boca de una compañera de gabinete, la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que de alguna manera ha caído en el marco del enfrentamiento. Del unos contra los otros. De lo nuevo contra lo viejo.

Tecnofilia (Canal de YouTube de Emiliano Espindola).

Para Díaz, curiosamente una de las ministras que más aceptación y aprecio tienen más allá del marco ideológico del partido al que pertenece (Podemos), las cosas son así de simples: si hacemos que los viejos, los mayores, se jubilen antes, los jóvenes, nuestros jóvenes golpeados por una de las mayores tasas de paro de la UE, tendrán más trabajo. Lo dice, casi sin inmutarse, con una certeza rayana en un simplismo que asusta y aterra.

Su planteamiento, amén de ser falsario, porque la economía no es, no puede ser y nunca ha sido un compartimento estanco donde solo entra lo que antes ha salido, pues eso sería como negar la propia evolución humana, es una especie de caballo de Troya trufado de populismo. Y de segregacionismo generacional. Y de claros prejuicios edadistas, porque plantea la solución con el falso dilema de las leyes de la física: lo viejo tiene que ser expulsado primero para dejar sitio a lo nuevo.

Pero, cabría preguntarse otra vez: ¿Funcionan realmente así las cosas? ¿Si cerramos la puerta a la inmigración habrá trabajo para todos? ¿Qué pasaría en una prestigiosa universidad que echara a la calle –es un decir– a todos sus catedráticos y profesores mayores de 60 años? De momento podría contratar a muchos jóvenes, eso seguro, pero, ¿cuál sería su futuro, su prestigio, sus expectativas de pervivencia en el tiempo? ¿Podría seguir compitiendo con ventajas en la sociedad del conocimiento? ¿Queremos eso? Un país sin expectativas, donde una parte de la población laboral tiene y debe ser expulsada para dejar sitio a los más jóvenes. ¿Puede un joven nada más salir de la universidad hacer las tareas de un catedrático con cuarenta años de experiencia? Esas y no otras preguntas debería hacerse la ministra.

(Fuente: https://manueltiradoblog.wordpress.com/).

Es este, seguramente sin quererlo, el mismo esquema mental que lleva a Vox a tratar de excluir y señalar en  la ecuación a los inmigrantes, a las mujeres, a los miles de niños y niñas conocidos como MENA (Menores Extranjeros No Acompañados) que viven en España, cuando sabemos que económicamente un país que cierra las puertas a la inmigración más que avanzar retrocede, porque claramente las expectativas como sociedad crecen exponencialmente por la suma de todos, por pequeña que sea cada una de las partes de ese todos.

¿Es eso lo que quiere Díaz? ¿Apartar de la sociedad solo por razones de edad a quienes aún están en situación de aportar mucho a ella? ¿Condicionar el futuro laboral de los jóvenes al “segregacionismo laboral” de los más mayores? ¿Robar la esperanza y el futuro, por pequeño que este sea, a quienes aún quieren seguir aportando y están por remar juntos y no contra nada ni contra nadie? 

Si no se entiende que en política, y en la economía real, las leyes de la física no funcionan, que lo viejo no se puede apartar sin mas para que aparezca lo nuevo, que uno y otro no son más que dos caras de una misma moneda, y que si emborronas una desvalorizas el conjunto, entonces es posible que tengamos un grave problema como sociedad. No es tan difícil entenderlo, pero, a veces, demasiadas veces, parece que nos empujan a una guerra en la que todos –viejos, pero también jóvenes– están condenados a pelear. A elegir entre un falso dilema.